Me estaba yendo y todo era tan habitual, tan normal, tan día a día que ni siquiera sentía algo diferente en mí.
Habían sido 6 años de viajar en los mismos buses, levantarme a la misma hora, ver las mismas luces y cubículos alineados monótonamente, monocromáticamente. El zumbido de las computadoras y el aire acondicionado. Los teléfonos sonando.
Todo había cambiado, pero no en su forma sino en su contenido. Ya ni había un propósito para mí mas que el de mantenerme aferrada a ese lugar como un tronco en el mar de la vida, con miedo a soltar, miedo a entregarme a la incertidumbre.
El miedo es el peor compañero de aventuras, el peor compañero de vida y sin embargo es un compañero fiel, presto siempre a decirte: aquí estoy, quiero, quiero que me lleves contigo y que siempre estés conmigo.
Hasta que el miedo fue cambiando muy lentamente en hastío. un hastío que iba haciendo una grieta cada vez más grande entre mis sueños y mis responsabilidades.
Y así iba a casa, libre de las horas y los buses y el aire acondicionado y los cubículos. Varias veces quise llorar, una vez lloré porque conoce una gente especial a la que quizás le cambiaste la vida y que te la cambiaron a ti un poco también o que supieron ser un alto en la monotonía.
iba así y mi alegría no era éxtasis pues mis células no entienden de razones y todo lo que veía era lo de siempre.
Todo era tan normal que algo en mí aún no se podía volcar al gozo de haber saltado, una vez más, al abismo de lo desconocido.
viernes, 5 de mayo de 2017
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